miércoles, 10 de octubre de 2007

Proceso de transformación territorial del Golfo de San Jorge.

Septiembre de 2007.-
Para: Fundación Fines.
De: Fabio J. Quetglas.
Tema: Proceso de transformación territorial del Golfo de San Jorge.
Tipo de trabajo: Ensayo breve.
Objeto: Contribuir a enriquecer el debate.
Destino: Tomo 2 del Libro: “Pensar el Desarrollo desde la Región del Golfo San Jorge”.
Título: Un lugar para la utopía.



1.- La construcción del territorio.-

Se ha puesto a mi consideración una breve reflexión sobre el proceso abierto por los gobiernos locales de la zona del Golfo de San Jorge, los que desde hace algún tiempo han decidido poner en marcha una serie de herramientas que les permitan alcanzar, los universalmente deseados, objetivos de buen gobierno y calidad de vida extendida en el entramado social y sostenida en el tiempo.

Y bien, aunque parezca una obviedad de Perogrullo, corresponde decir que para transformar al Golfo San Jorge, en el territorio de “alta calidad” que se persigue; primero hay que “construir” al Golfo San Jorge. Naturalmente no me refiero a construirlo topográficamente La cartografía da cuenta de su concreta existencia, de su extensión, de sus características. Me refiero al “territorio” como espacio dotado de sentido. Sin pretender dar aquí una definición exhaustiva de “territorio” (por otra parte difícil), al menos quiero distinguir tal concepto de una visión material que asocia el mismo a la dotación de suelo y condiciones concomitantes al mismo.

Y sobre la transformación de la topografía en territorio, si corresponde intentar poner luz: lo que genéricamente podríamos denominar “proceso de construcción territorial”, es la primera cuestión sobre la quiero orientar esta reflexión. Y más precisamente, sobre un proceso de construcción territorial, en momentos de re-configuración a escala planetaria de la territorialidad.

Contrariando al sentido común, que reconoce la potente realidad del espacio geográfico como categoría de referencia existencial y en base a eso deduce que “el territorio existe”, es necesario afirmar que “así como la topografía es una heredad que nos condiciona, el territorio es una construcción que nos desafía”. Efectivamente el territorio/ la territorialidad es una construcción histórica, socio-política y cultural, y hoy sabemos que se disponen de una cantidad importante de herramientas para su producción, pero que justamente ese proceso no es en absoluto sencillo, ni coyuntural; es complejo, es estructural, es controversial, es político y es tecnológico. Y es un proceso que históricamente se ha vinculado a los diversos modos de “control del espacio”, lo que en cada momento se vinculo a formas tecnológicas y políticas diferentes de hacerlo.

Y considero que la existencia del Golfo de San Jorge como “territorio construido” (no como dato topográfico, obviamente) es al menos discutible; y que el enorme y valorable esfuerzo que actores locales y profesionales vienen llevando adelante; articulando voluntad política, dialogo entre las diversas esferas de la vida pública y agentes privados del territorio, etc. merece ponerse a confronte con las posibilidades y también con las restricciones que tienen los procesos de construcción territorial, de manera de intentar no arar en el mar.

Decir que un territorio es una construcción, no significa en absoluto, que pueda construirse “cualquier territorio”, ni que sea un proceso exclusivamente dependiente de una voluntad individual ó colectiva; el proceso de construcción territorial tiene sus lógicas (muchas); que hay que comprender. Por supuesto que al tratarse de lógicas diversas en cada proceso, no vale la aplicación de una receta para entender la dinámica territorial. Así hay territorios construidos fundamentalmente por un conjunto de decisiones políticas (La Unión Europea), hay territorios construidos ó reconfigurados por una infraestructura (el valle del Tennesee), hay territorios soportados tecnológicamente (Las islas artificiales del Japón ó Dubai), hay territorios donde la cultura supera barreras naturales (Euskadi), hay territorios donde el elemento de cohesión ha sido o es sobre todo un elemento cultural como la lengua (la romanidad), etc.

En el caso del Golfo de San Jorge, como surge de la información que se me ha puesto a consideración, la voluntad política de los actores locales aparece como un elemento central, aunque esa voluntad no es tan clara de parte de las Provincias involucradas; también a pesar de las distancias enormes que la vastedad del espacio determina, hay una consciencia de pertenencia “patagónica” con una carga valorativa al respecto originada en la dureza del clima y en un cierto sentimiento pionero de una parte de la población; por último hay una base económica compartida.

Corresponde decir en este punto (quizás equilibrando la carga positiva que el termino “construcción” tiene), que toda construcción territorial es a su vez una de-construcción (para que naciera la República Checa, tuvo que desaparecer Checoslovaquia, para que naciera la Francia uniforme culturalmente que hoy conocemos desaparecieron 300 lenguas, para que nazca la romanidad además de infraestructuras, derecho, y gobierno de segundo grado, hubo legiones contra los pueblos pre-existentes); y también corresponde decir que tales de-construcciones pueden ser muy traumáticas (el caso emblemático es el proceso de urbanización intensivo que sigue al apogeo industrial), porque una dinámica territorial no es algo azaroso, responde a procesos que la organizan y la fundamentan; y tales procesos muchas veces sin una adecuada mediación imponen sus lógicas con la crudeza de un proceso sin control. Y es por eso que siempre es necesario comprender porque el territorio está organizado como actualmente esta (aún considerando que el paso del tiempo y los cambios de condiciones, muchas veces vuelven obsoletas las tramas territoriales); como se explica su desenvolvimiento, que actores, circunstancias, contextos han determinado su situación actual.

En cualquier caso, estas mutaciones de la organización territorial y de la relación del hombre y las sociedades con el territorio, demuestran que él hombre es un “animal territorial”; y que el tipo de vínculo que las sociedades establecen con el espacio que ocupan, administran o influyen; es determinante en términos civilizatorios, de su propia evolución. Desde la predación al culto, desde la identificación al utilitarismo; sociedades y territorios han mostrado a lo largo de la historia una amplia variedad de modos de relacionarse. En el caso concreto del Golfo de San Jorge, pareciera (y no quisiera pecar de “opinador advenedizo”), que se conjugan una serie de datos que despiertan sentimientos encontrados en intensos: desde la valoración a la lucha contra la inmensidad, hasta el concreto condicionamiento de una economía extractiva, pasando por el optimismo de una coyuntura favorable que se quiere aprovechar, para organizar esfuerzos y re-organizar el espacio sobre bases diferentes.

Desde la “huella nómade” de nuestros lejanos antepasados hasta el MERCOSUR ó la Unión Europea, la relación del hombre con el territorio tuvo poco de azarosa; más bien, y aún dentro del particularismo que cada caso constituye, puede observarse una relación de funcionalidad bastante clara entre: orden político/ base tecnológica del desarrollo económico y modos de organización (y por lo tanto de configuración) del territorio. Y el modo de organización político-territorial “dominante” que conocemos a la fecha es el Estado/Nación; que por lo demás esta dando muestras de un cierto agotamiento; y quizás por ello emergen iniciativas, que cuestionándolo o no intentan superar sus restricciones ó inconsistencias.

Aunque lo hemos naturalizado y transformado hasta en una categoría de análisis; el Estado/Nación es una construcción histórica concreta: no existió siempre y probablemente (sin anticiparnos a su deceso) tal como lo conocemos hoy no exista para siempre. Nació fruto de una coyuntura determinada, impulsado por actores sociales concretos, y como consecuencia de una cosmovisión de época. Y sin dudas, el conjunto de condiciones que dieron lugar a la emergencia del Estado Nacional, esta cuanto menos corroído. Pero más interesante que el “racconto” histórico (que muy rápidamente haremos), es ver si podemos hacer alguna prospectiva que nos permita analizar que fuentes de construcción de territorialidad emergen, que actores ó procesos hoy están determinando la configuración territorial y como es esa configuración; no con otra finalidad que canalizar los esfuerzos conforme las coordenadas más ajustadas que se pueda a tendencias que exceden la voluntad de los agentes sociales, y la condicionan.

Tomándome la licencia de simplificar “in extremis” digamos que El Estado Nacional (el modelo Occidental del mismo en realidad) –sin tomar en cuenta los casos extremadamente tardíos, constituidos cuando el modelo ya estaba consolidado-, se construyó a lo largo de casi tres siglos (desde fines del Siglo XV a fines del Siglo XVIII), como consecuencia de dos enormes fuerzas que cambiaron, en primer lugar la cosmovisión política del espacio y sus modos de apropiación, y en segundo lugar la base tecnológica del modelo de sostenimiento y estructuración económico-social, y fueron: 1) los grandes descubrimientos geográficos y 2) la revolución industrial. Y digamos más, el Estado Nacional vino a reemplazar al modelo precedente de apropiación del espacio (el feudo) fundado también en una cosmovisión y en un estándard tecnológico, por supesto muy distintos a los emergentes. Corresponde aclarar, que en el proceso de construcción de los Estado-Nación era central las modificaciones de escala espacial, necesarias para el desarrollo del primer industrialismo, pero –obviamente- la operación no se limito a una agregación de feudos, implico cambios culturales en la identificación de población con territorio, cambios económicos en el reconocimiento del territorio como mercado, cambios políticos en las competencias de gestión y su asignación dentro de los niveles jurisdiccionales (trasladando las tareas de criticidad desde lo local al centro, rompiendo con la tradición mediaval de “centralidad local”), etc.

La conjunción de la consciencia de una nueva frontera (y nuevos y abundantes recursos naturales, contrastando con un mundo precedente de hambre y escasez) y la disponibilidad de medios técnicos para multiplicar la base material de la sociedad, fueron las fuerzas históricas reales que rompieron la estructura comarcal; y transformaron (lentamente) a la proto-burguesía artesanal en burguesía. La escala, el volumen, no sólo era una necesidad de la producción material, sino del cambio de condiciones para constituir un nuevo orden.

Y así (como ligerísima modelización) se fueron construyendo los primeros Estados Nacionales, sobre los pilares que le dieron fisonomía: una frontera concreta (no difusa), una aduana (para proteger el mercado), un ejército con reclutamiento popular (para defender la frontera, y si era posible expandirla), un sistema fiscal (para financiar la aduana, el ejercito y la burocracia, y también para lograr acuerdos entre burguesía y nobleza en el advenimiento de la nueva estatidad), una burocracia (para que las normas y su administración, que requería la nueva economía que llegaba con las máquinas, no dependa tan sólo del capricho del príncipe), una identidad (homogenizante, que se construirá de maneras y con éxitos muy diversos).

La pregunta que se cae de maduro es: si la consciencia de una “nueva frontera” y un salto tecnológico pudieron cambiar un orden de 10 siglos; no podrá la actual “revolución informacional” dar lugar a una nueva geografía? Y en tal caso, que indicios tenemos de cómo será? y en que podemos adelantarnos.

2.- Mínimos apuntes sobre la nueva geografía.

Como en tantas otras Ciencias, el geógrafo, trabaja sobre la descripción: los múltiples datos que la realidad le provee de diversas maneras (desde el relato, hasta el GPS); para luego analizarlos, interpretarlos, cuestionarlos, refutarlos, deconstruirlos. El geógrafo interpreta y explica el espacio, desde los datos; y la evolución de la ciencia no hizo más que confirmar las sospechas de los primeros geógrafos: el espacio como una epidermis sensible, exhibe al observador consciente los rasgos de todos y cada uno de los modos en que una sociedad se vincula con el territorio.

La fascinación de los mapas (mucho más popular de lo que se puede sospechar), se vincula a la idea de encontrar explicaciones: en las distancias, en las formas, en las intervenciones humanas. La conquista material del globo por parte de las potencias coloniales dio lugar a un auge de la cartografía en especial y de la geografía en general; y la explosión tecnológica industrial y su derivación comercial (que acrecentó al infinito la idea de “recurso”), puso en evidencia la importancia relativa de los espacios conforme su modo de vinculación a los nacientes mercados mundiales.

A los mapas de rutas marítimas y puertos, se sucedieron los de trazados ferroviarios; las nuevas herramientas permitieron incorporar datos de potencial productivo a la cartografía; luego se agregaron las redes urbanas y luego la explosión de “equipamientos transformadores” (diques, puentes, nodos, etc); por último la valoración de los flujos y la aparición de los mapas de densidades. Todo ese esfuerzo, sin otro objetivo que intentar describir lo más adecuadamente las relación sociedad-espacio, en la convicción que en tal relación se hayan insitas explicaciones a la evolución social.

Pero ahora el espacio está atravesado y configurado por unas redes no visibles, pero absolutamente definitorias, asociadas a la capacidad de acceder de modo remoto, económico y rápido, a información, procesarla, comprenderla y transformarla (en términos económicos, culturales, políticos, etc): esa capacidad de acceder, posicionarse y utilizar información la tiene: quien vende software a distancia por la red, un diario en su versión digital, un ciudadano formulando una denuncia on-line, un médico hindú revisando una tomografía que le llegó de Londres por mail, etc.

Esas redes están dando lugar a una “nueva geografía”; por ahora de difícil observación. Y de esa nueva geografía sólo quiero destacar un aspecto (sin dudas controversial): un cambio tendencial, pero aceleradamente creciente, en la forma de “control y apropiación” del espacio, que va desde la siempre relativa construcción “parcelar”, identificada con una idea segmentada del espacio en base a criterios de dominio social; hacia formas de relación con el espacio más vinculadas al modo de obtener información, proveerla e influir en las decisiones en base a los tipos de flujos que se establecen entre territorios y sociedades, con mayor independencia del eventual dominio sobre el entorno.

A la primera visión la llamaremos “territorio stock”, a la segunda “territorio flujo”; y aunque esto parezca muy alejado de la realidad cotidiana, tiene un correlato cotidiano absoluto. Como ejemplo: la Legislación Universitaria establece con detalle minucioso los alcances geográficos de las universidades y los criterios y permisos de actuación cuando se mueven apenas algo de límites muy estrictos (visión territorio-stock); al tiempo que otros gobierno (para no comparar instituciones no comparables, como podría ser una Universidad Privada) han promovido oficialmente ya no sólo la Educación a distancia de modo oficial (España con la UNED), sino un modelo de expansión cultural, educativa y económica fundado no sólo en el hecho tecnológico, sino en la combinación del mismo con los valores que permiten la expansión (Ej: el prestigio) confiriendo a tal iniciativa el carácter de prioridad política (es el caso de la Universitat Oberta de Catalunya. http://www.uoc.es/ inspirada por Manuel Castells); en la comprensión de la importancia para una iniciativa de vanguardia de visualizar los vínculos como centrales al modo de aprehensión del mundo (”territorio-flujo”).

3.- La estatidad en red.

Una consecuencia mediata del modo de formación de los Estados nacionales, se ve reflejada en las características que adquirió la distribución de competencias entre los niveles territoriales de gobierno dentro de un mismo Estado-Nación (con independencia de la naturaleza federal ó unitaria de los mismos). Modelados lentamente por la hegemonía industrial y un razonable culto a las ventajas derivadas de la división de funciones y la coordinación; los Estados fueron definiendo atribuciones para sus niveles de gobierno; siguiendo tres parámetros claros en la teoría (y no siempre bien definidos en los hechos): 1) la asignación debía en lo posible evitar la superposición (los espacios de actividades concurrentes se visualizan como conflictivos), 2) el principio de “división de tareas” debía desembocar en una cierta especialización, que en el caso de los gobiernos locales implicaba una cierta “reducción de agenda”, (quizás con la única excepción de los Estados originados como redes de ciudades – concretamente el caso Suizo ó Alemán) , 3) Las funciones de “alta criticidad” para el sostenimiento de la existencia del Estado, tenderían a centralizarse.

No descubro nada nuevo, si digo que las posibilidades tecnológicas actualmente existentes, pueden justificar un cambio de modelo. De hecho, lo que se constata crecientemente impulsado por tales posibilidades técnicas, es la emergencia de experiencias de niveles de gobierno que frente a un problema público cualquiera intervienen dos ó mas niveles de gobierno, desde sus propias atribuciones pero de manera convergente (convergencia funcional) y ya no segmentan “tayloristamente” conforme el anterior modelo. En el caso europeo, los procesos de convergencia funcional son moneda corriente.

Se habla de Sociedad en red, de economía en red; pero poco o nada de los indicios de una “estatidad en red”; que no es sólo un nuevo modo de gestión (y eso ya es mucho); basado en el uso intensivo de la comunicación; sino también un modo diferenciado de configuración territorial; donde el rol central de un territorio (como espacio re-significado) será la capacidad de aprovechar los flujos de comunicación, la economicidad de la información; la capacidad de constituirse nodal en las redes de la economía informacional. Sobre esto volveremos; pero ya podemos obtener una importante conclusión para el Golfo San Jorge. No es tan importante la constitución de un espacio de gobierno ó de coordinación de acciones gubernamentales (que a falta de mejor adjetivo, puede denominarse gobierno microregional, “sui generis” o intermedio), como constitución de un “stock” territorial que eventualmente puede “competir” por atribuciones, sino el posicionamiento nodal y la evolución hacia modos de intervención pública “convergentes”. En otras palabras; constituir un espacio microregional – aunque pueda ser necesario por diversos motivos, entre los que tradicionalmente se menciona ala distancia política y física a los centros de decisión - , es establecer un nuevo nivel de (proto) gobierno, en el marco de una apropiación “stock” del territorio que bien puede servir como fuente de nuevo poder y referencia a la hora de reclamar recursos, etc; pero más importante que eso es impulsar un intenso proceso de acuerdos, relaciones, modos de trabajo, cooperaciones, intervenciones conjuntas; que multipliquen al infinito los tránsitos de personas, mercaderías, e-mails, entre las ciudades del Golfo y entre los centros nodales del Golfo y el mundo, añadiendo a la conformación de un ”stock” una valoración diferenciada y calificada del espacio (nodo de flujos calificados).

El proceso que alentamos tiene una consecuencia inevitable y tres requisitos condicionantes. Un requisito condicionante es que la convergencia funcional, requiere una cierta y específica calidad de gestión que no siempre las administraciones públicas están en condiciones de proveer al proceso. Las administraciones muy pobres en términos de capacidad de respuesta, tiene problemas de adaptación a un entorno de trabajo cooperativo y las administraciones excelentes por lo general se muestran renuentes a los procesos cooperativos. La cultura de la convergencia funcional no se resuelve sólo modificando normas e instalando computadoras; La Unión Europea es el ejemplo más sostenido de construcción de entornos favorables a la convergencia funcional, donde se mixtura una cierta mirada estratégica sobre el valor del modelo europeo, alta inversión en consenso técnico sobre cada tema de agenda pública, estímulo económico a la acción convergente, y fiscalización de los procesos.

En el caso del Golfo San Jorge, no puede estar excluido de la agenda de trabajo, la adecuación de las administraciones; que al menos debe ir en el sentido de incrementar una gestión apoyada en Internet, en la sistematización de las relaciones y en una visión coherente y compartida del valor de la información y de la potencialidad de cu circulación.

Otro requisito condicionante, es la valoración de la cultura del gobierno consensual, y en ese sentido un reconocimiento social al desarrollo y el sostenimiento de acuerdos. Argentina en general tiene una pobre tradición de construcción política consensual, y el gobierno es más reconocido por su capacidad de imposición (imprescindible) que por la construcción de acuerdos. El proceso de reticulación es + acuerdos y en algún sentido, para aumentar la capacidad de intervención paradojalmente deben asumirse ciertos criterios de auto-restricción.

En este punto en el caso del Golfo de San Jorge, se hace esencial promover un recorrido de doble mano desde lo político a lo técnico y de lo técnico a lo político, constituyendo espacios de concertación técnica sistematizados, organizando procesos comunes, revisando los modos de actuación administrativa y política con impacto territorial y construyendo una visión compartida y esencialmente no competitiva del espacio, orientada a posicionar el mismo en las redes de generación productiva y decisión.

Un último requisito, es el reconocimiento del mundo como entorno. El territorio-red, no termina en el marco de mis acuerdos de posicionamiento (por amplios que sean); Estados, Sociedad Civil y empresas que no reconozcan el mundo como entorno, en un primer lugar habrán demostrado no participar de los flujos de información, en otro ni siquiera podrán reflexionar sobre como operar con ventajas de posicionamiento. Y eso es así, porque los decidores locales no son los únicos que deciden sobre el espacio. Aún los gobiernos más fuertes, son crecientemente débiles al impacto (aún anárquico) de decisiones trans-territoriales. Frente a eso sólo queda la inaceptable regresión al ghetto medieval ó asumir la existencia de un mundo multi-influenciado de una manera abierta, y crecientemente organizados.

El Golfo de San Jorge puede (y debe) construirse endogenamente pero no aisladamente; y aquí debemos poner en el centro de la escena las relaciones con los otros niveles jurisdiccionales y la cuestión del “poder” sobre competencias, recursos, etc. Para no limitar el proceso de construcción a una simple tensión, digamos que hay que pensar un modo de relación nuevo que derive en ventajas en “toda la red”, y sin dudas las propuestas concretas que materialicen ese objetivo son primordiales, e implican una reflexión sobre que beneficios generamos por fuera de nuestros legítimos planteos.

La consecuencia inevitable de la convergencia funcional, es la ruptura de la idea de “territorio-stock”; lo central deja de ser el establecer un nivel intermedio de gestión y pasa a ser el complejo nudo de intervenciones múltiples y coordinadas que hacen más eficiente la acción pública y que contribuyen a la competitividad del territorio.

El Golfo de San Jorge será (creo yo debería ser) un espacio en construcción, de “geometría variable”, donde lo central será la densidad de tráfico de comunicaciones, la construcción de acuerdos, la gestión convergente de temas centrales y un sentido de pertenencia dado por la dinámica y no por la frontera. Así en algún tema podrán converger todos los actuales municipios, en otros sólo los costeros, en algunos sólo dos muy próximos (como puede ser la gestión de RSU), etc; no es deseable, necesario, ni posible que confundiendo el mapa con el territorio recuperemos la idea homogenizante intentando construir contra-tendencialmente un territorio-stock de cuño intermedio, sólo por hacerlo. Y no se trata se una posición vanguardista, se trata de que los territorios vitales son los que muestran modos de organización eficiente, y esa eficiencia hoy no requiere exclusivamente de escala, ni de homogeneidad, sino de calidad relacional, sistematización de espacios cooperativos, valorización de los flujos y con ello de la capacidad de tomar y procesar información (sólo realizable por recursos humanos calificados, por instituciones cualificadas, por redes confiables). Un territorio basado más en los acuerdos que en las fronteras, con capacidad de interpretar le re-configuración territorial a escala planetaria que esta ocurriendo, con capacidad de transmitir aprendizajes, con capacidad de producir, con o sin recursos naturales y de encontrar un modelo de distribución de beneficios que sostenga la cohesión social y contribuya a la gobernabilidad; es más funcional a una transformación de la civilización como la que estamos viviendo; que por otra parte esta fragmentando territorialmente el mundo en territorios de extracción o desarrollados, lo que nos involucra de lleno.

Sólo para dar un ejemplo, de la importancia creciente del tejido reticular por sobre el “stock” territorial. Hoy es muy difícil decir ¿Qué es Europa?, aunque todos tengamos algo en la cabeza al sólo evocar el término. ¿Es Europa Gran Bretaña que no ha adoptado el euro? ¿Y no lo es Montenegro que estando fuera de los 27 sí lo ha adoptado?. Claro que Europa está en una apasionante construcción, pero más que sus límites (en pocos años pasaron de 12 Estados a 15, de 15 a 25 y de 25 a 27), esa construcción es la construcción de una red de relaciones, entre Estados pre-existentes que han asumido el desafío político de la de-construcción y la construcción territorial. Y el caso europeo (aunque parezca lejano) es valido, porque Europa ha sido una construcción política controversial, que ha tensionado al máximo situaciones pre-existentes, y a puesto en juego consideraciones culturales, económicas, infraestructurales, etc; mucho más intensas que las que pueden existir en el Golfo San Jorge.

4.- El camino crítico. Los adjetivos y los problemas.

¿y cómo se construye ese nuevo territorio emergente, que supera la restricción municipal, qué pacta políticas con otros niveles de gobierno, sobre los que incide, que desarrolla programa de visibilidad y marketing territorial estratégico, qué construye instituciones de coordinación, qué se propone y lleva delante programas de incremento de la competitividad, qué mantiene un alto estándard de comunicación interno y de conexión al mundo?

Creo en planificación, pero abajo del altar. No endiosada. La construcción territorial no ocurre sólo porque unos actores políticos se junten (lo que es muy bueno); el territorio seguramente esta cambiando ahora mismo, y hasta puede ser en los peores términos si no se comprenden las dinámicas que impactan el espacio. Por eso, en esto como en casi todo, lo perfecto es enemigo de lo bueno y se hace mucho camino al andar. Corresponde preguntarse: ¿hay ya una periodicidad sistemática de encuentros de trabajo? Si es así mejor. ¿Hay agenda de temas? ¿Hay involucramiento de los gobiernos provinciales y asunción de la tensión disruptiva que el proceso puede tener? ¿Existe alguna línea de acción de gestión “convergente”?.

No lo vimos en detalle, pero podemos deducir como se impacta el espacio: ¿un territorio puede proveer recursos críticos?, ¿y puede contribuir a soluciones en momentos críticos? ¿se dispone de un sistema educativo de calidad, para la optimización de los recursos y la generación de valor sin ellos? ¿y de un sistema institucional que brinde garantías a empresas y ciudadanos en proyectos de largo plazo? ¿y de un entramado infraestructural que permita los flujos materiales?. Todas las cuestiones expresadas impactan el territorio y exceden al gobierno local (en la concepción argentina); lo que justifica la iniciativa supra-local, sin menoscabo de las reflexiones sobre el valor de las relaciones y la geometría variable.

Considero muy positivo, a pesar del contexto normativo demasiado limitante en Argentina, que una forma de concepción del nuevo espacio sea organizar para los municipios involucrados una Agencia de promoción del Desarrollo común a todos; en esa operación se pone en juego mucho del bagaje teórico expresado.

El primer valor puesto en juego es la plasticidad de las fronteras existentes; pero corresponde preguntarse: ¿renunciarán los municipios (si es que lo tienen) a sostener un área local de idéntica materia que la Agencia – generalmente la Secretaria de Producción-?; hacerlo reflejaría una decisión de coordinación significativa ¿Y los Concejos Deliberantes acordaran no legislar sobre esas materias, sin una “consulta previa” a la Agencia en cuestión?, ¿Y la conformación de los órganos de la Agencia será igualitaria respecto de los municipios?, lo que sin dudas sería un aporte a la gobernabilidad ¿y aceptaran los “grandes” una presidencia rotativa y un financiamiento “progresivo”?¿y hasta donde llega la materia “desarrollo” gestionada por la Agencia – no incluye la curricula educativa y la oferta de las escuelas técnicas?¿y qué políticas va a administrar la Agencia? ¿Construirá una burocracia propia, bajo que formato?, en la mayoría de los modelos propuestos se asume una participación importante de los actores privados organizados gremialmente (creemos, que es ventajoso, aunque en el caso argentino algo exagerado por la condición de cuestionamiento a la legitimidad de las representaciones políticas), ¿tratándose de la gestión de fondos públicos, no es una sub-representación de los ciudadanos de a pie, que puede derivar en escenarios indeseados? ¿una crisis de representación política se resuelve por está vía?

Las Agencias de Desarrollo y su rol constructor de territorialidad merecen otro paper, el desafío es grande, las preguntas son muchas; lo que es seguro que una oficina por sí sóla no construye territorialidad. Quizás antes de un objetivo, que parece accesible, pero es realmente enorme; haya que transitar un rápido y rico camino de acuerdos, de priorizaciones y de visiones.

Con todo, debe destacarse la alta incidencia de las políticas de promoción productiva en la construcción de territorialidad; para valorar la oportunidad de la Agencia. La aparición decisiva de intereses, la necesidad de insumos, los requisitos de vínculo físico, la necesidad de entrenamiento de recursos humanos, etc, van constituyendo el “espacio económico” y con él una identidad territorial (La zona del Golfo hoy la tiene en base al petróleo).

Las preguntas que corresponde hacerse para constituir una Agencia pluri-municipal , no obedecen solamente a cuestiones de eficiencia o correspondencia normativa; sino que se vincula con los valores sobre los que se pretende construir el territorio: es por eso (y no quiero resultar reiterativo) que no es vano al menos preguntarse sobre la representación, el alcance competencial, los recursos, etc. Temas que deben resolverse eficazmente y además deben fundar una lógica de incremento de las relaciones basados en una pertenencia razonable y comprometida (me vienen a la cabeza los fondos de cohesión europeos como señal de identidad de una expansión integradora, en el marco de una dinámica administrada).

En la áspera construcción de las herramientas, es cuando caen en un tamiz del cual hay que salvarlos, los adjetivos, sobre los que solemos abusar los más diversos autores que escribimos sobre esto (sin distingos). Efectivamente, soy de los que creen que nadie en su sano juicio, puede observar ni un ápice la larga lista de adjetivos positivos que en un esfuerzo de creatividad y explotación del idioma castellano, se vuelcan en este (y en todos) los procesos orientados a revisar con perspectiva temporal de largo plazo, el funcionamiento de las instituciones gubernamentales, y las dinámicas sociales y territoriales en las que aquellas se apoyan. Así se va construyendo la constelación de: lo participativo, lo equilibrado, lo sustentable, lo policéntrico, etc.

Lo cierto es que estos procesos cuando chocan, con el consabido “donde va la plata del primer fondeo acordado”, enfrentan su verdadero reto: allí, si no priman una visión y unos valores: se construye el territorio que se puede; y se lanzan las hurras, si las condiciones políticas y sociales permiten hacer un esfuerzo por no profundizar las tendencias mercadistas monocéntricas, desequilibradas, cortoplacistas, que se verifican actualmente en los territorios (como el Golfo San Jorge) con mucho dinamismo económico, etc. El único modo de salvar el proceso de la conformación de un lobby territorial y ponerlo a la escala de “construcción territorial” es añadir a un creciente flujo relacional, ciertos principios que moderen y administren tensiones naturales y potencien un concepto estratégico de beneficio recíproco

La calidad institucional, el financiamiento del sector público a largo plazo y transformar un territorio de cultura extractiva en un territorio de Desarrollo (¿inteligente?), son los problemas de “contrapiso” del hermoso desafío puesto en juego. Y como señalo en el título, en un juego de palabras; una iniciativa que nos ha abierto este debate, y que nos propone trabajar sin límites conceptuales, es verdaderamente “un lugar para la utopía”.

No quiero cerrar esta presentación sin dos prevenciones: primero: sólo he pretendido con mi aporte enriquecer un debate y no cerrarlo; segundo: no hay nada que enceguezca más fuertemente la voluntad política y social, y que conspire contra dotar de sentido al espacio (construir territorio) que la bonanza económica ó la perdida de sentido histórico (Manaos y Potosí son ejemplos de lo primero, Lisboa y El Cairo de lo segundo). Si el Golfo de San Jorge puso manos a la obra, ya ha dado un paso; y por supuesto que existen muchos buenos casos, de donde tomar ejemplo y energía. Como para confirmar que el territorio es una construcción, aún contra toda adversidad los holandeses dicen “Dios hizo el mundo, menos Holanda que la hicimos nosotros”.

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